Flores Ochoa, Santiago (1964). Tegucigalpa, Honduras (Ed.), (pp 12-34). Tegucigalpa.
Poema Evangélico
Por fe de Dios y lágrimas de Cristo
bien sostengo los designios de mi ruta,
por sus blancos sudores de infinito
mi vida toda su bondad disfruta.
Ariel a veces, Calibán en otras,
mi plena dualidad me han sostenido,
y a los despojos de mis alas rotas
con bálsamos divinos me han ungido.
Cantado he con claridad de cielo
y muy celeste la lengua con que hablo,
he bebido la luz del Evangelio
y también predicado con San Pablo.
Por los dos, por el Padre y por el Hijo,
huye de mí lo malo, lo protervo;
mi espíritu se encuentra fronterizo
de la suprema majestad del Verbo.
Los dos juntos en blanco pedestal,
Por el Logos unidos hasta el fin,
Perlados por la prosa de Renán
Y el vino que escanció San Augustín.
Por ellos, por la luz y por los Salmos,
Por las rosas crecidas en Judea,
Hay blancas mariposas en mis cantos
Y abejas de topacio en mis ideas.
1961.
Poema para Alfonsina
¡Oh¡ Tórtola de sol, fino canario
Bajo las torres de la tarde azul,
Que vives en tu lírico santuario
De pérgolas de ombú.
Ya tu campo de rosas está yermo,
Como un páramo hundido entre cenizas,
Como árbol milenario que está enfermo
De pájaros y brisas.
Te hacen daño los besos de los vientos
Que vienen fugitivos de la Antártica;
Son cual golpe de yunque los acentos
De tu lira romántica.
Se fueron tus marmólicos donaires
Hacia el sol, hacia el cielo, hacia la muerte,
Dejando con tu bruma a Buenos Aires
En su destino fuerte.
Mosto celeste de terreno vino
En su vasija de murano rota,
Hermana peregrina del espino
Y de etérea rosa.
Desnuda como virgen la llanura
Vió tus muslos, tus senos y tus rizos,
Vió cien veces tu mórbida escultura
Bañada de granizos.
Marchabas, visionaria hacia el futuro,
En medio de las trémulas banderas,
Derribando optimista todo muro
De odios y de afrentas.
De la lira inmortal sacerdotisa
De tu sueño rebelde te levantas,
A ver en el cristal de una sonrisa
El verde de las pampas.
A darle con tu verbo de profeta
Zumo tibio a los ángeles de armiños,
Querubes que en sus labios se interpreta
La risa de los niños.
Por siempre entre nosotros vas presente
-perpetua como luz de mediodía-
Equinoccio de Dios siempre tangente
En la melancolía.
Extraño el siglo de hoy, extraño el mundo,
Extraña pernoctaste con tu lumbre,
Llevando un gran ideal meditabundo
Ante la muchedumbre.
Ya sangraba tu planta peregrina
Y tu rosa con la planta de la luna,
Al erguirse la lanza de la espina
Soberbia ante tu ruta.
Un gran fuego interior te devoraba
Y tostaba tu epidermis de naranja,
Un gran sol inferior, flecha y aljaba,
Que hacia la muerte avanza.
Aquí la sierra azul, lánguida, angustia,
Lamiendo tus sedosas redondeces,
Sedeñas cual las plumas de las mieses
En la planicie mustia.
Allá el gran mar, rebelde, inquisitivo,
Su lluvia de mil peces te desata,
Gran ánfora de sal, de yodo vivo
En círculos de plata.
¡Ah! Hermana transparente de la ola,
Ala sonriente de viajero cielo,
¿Por qué con todos y por qué tan sola
En ascendente vuelo?
¿Cómo trazaste tu terrena huida
En la tarde teñida de claveles,
Dando un adiós al sueño de la vida
Con gesto indiferente?
Líquido abrazo te estrujaba el talle,
Y líquen verde te apretaba el cuello,
Y Dios pendiente del menor detalle
En tu fugaz destello.
El viento se vistió de ángeles tristes
Al robarse tu cuerpo hecho de auroras,
Alfonsina de luz, que ya no existes
En las celestes horas.
De aquel búcaro azul quedan despojos,
De aquel álamo azul llueven cenizas:
Dos estrellas, recuerdos de tus ojos,
Danzando entre las brisas.
Muy altos y solemnes los eriales
Hacen la guardia a tu deidad secreta;
Gran orquesta de rimas eternales
Y lengua de profeta.
Ave Lux, ave sol, ave en ascenso
En un cielo de leche y parafina;
Clamor de eternidad, amplio e inmerso
De la tierra argentina.
Buenos Aires, 1963.
Oración del Mediodía
A veces, en las mañanas blancas,
Suelo cantar;
Suelo dar a todo lo que existe
La miel de mis versos,
El agua de mis rimas
Y el sonido sinfónico de mis ideas.
Voy así, lleno de música,
Dándole redondez al tiempo,
Alas a la brisa
Plumas de oro al viento azul.
Hay en mí dulces resonancias
De tiempos idos,
Como si saltaran en este cuerpo alegre
Pífanos bíblicos, flautas aéreas
Que arrean el rebaño de las horas.
Que placidez en la hora inmóvil,
Cuando el sol –naranja sabrosa
De cáscara amarilla-
Revienta en el suelo verde.
Entonces, cuando los rayos caen verticales
A la hora del sueño meridiano,
Vuela la abeja sobre la flor altiva,
Cruza la alondra por el cielo vasto,
Nada el pez entre las aguas
Llenas de pétalos e insectos
Que semejan astros de oro.
Por eso suelo cantar en los días blancos
De reminiscencias y de sueños,
Mañanas de nácar y marfil,
Mediodías de oros peregrinos,
tardes de naves azules que van
soñando hacia el horizonte
vestido de púrpura.
Gloria grande la de los sentidos
Que no hacen conocer a Dios,
En todo lo que rodea,
En todo lo que gira,
En todo lo que entra por los ojos
Y se graba en el corazón.
Ah días míos,
Que me dais la majestad de la hora
Con su viento, con sus aguas,
Con sus rayos de sol
Y sus pájaros cantores.
El alma errante
Montañas de verduzco desaliño
Que voy palpando en mi ascendente vuelo,
Luceros en los párpados del cielo,
Joyeles en los vésperos de armiño.
Un viento tutelar me impele lejos
Como llevara al soñador Ulises,
Un joven almirante de países
En mares barnizados como espejos.
Rojos soles me queman la cabeza
En el lomo ondulante de la duna,
Y un rayo descendente de la luna
Oriflama el caudal de mi tristeza.
Vislumbran las pupilas incoloras
Un paisaje de fuego en lontananza,
Y un tangente meridiano de esperanza
Apunta cual reloj mis raudas horas.
El mundo se me ofrece, vasto, ancho,
Al vuelo azul y en el terrestre trote,
El uno para bien de Don Quijote,
El otro a la mediodía de Don Sancho.
Vuelo o trote, parecen semejantes
Porque llenan el espíritu y el sueño;
Babieca, Rocinante, Clavileño,
Cual sus amos eternos caminantes.
En la aventura el corazón se baña
Y sigue el ondular de los caminos,
Y lucha con tritones y molinos
Ya sea en Grecia o en la soleada España.
El alma es como un pájaro viajero
Que abre sus alas en vistosas rutas,
Y sigue ya las huellas de un lucero
O el pico de las nieves impolutas.
Y así va, superando las alturas
Muy en medio de exámetros y cánticos
Es su guía el ideal de los románticos
Con sus vasos colmados de ternuras.
Firme y sincera, desafiante en su arca,
Su frente blanca la refresca el aura,
Y maneja la mano de Petrarca
Cuando teje sus rimas para Laura.
No cede su correr en los oscuros
Minutos de temibles asechanzas.
Destroza nombres y derriba muros
Con la de religiosa de sus lanzas.
Alma la mía de prosapia blanca
En este mundo de valores grises,
Mas la palabra, si es sincera y franca,
En blanco torna todos los matices.
El deseo del viaje se traduce
En vuelo de constante renovar,
Un algo misterioso que me induce
Y me grita: viajar, viajar, viajar.
Ahí pasa el ilustre florentino
Con rostro de águila y mirada gris,
Enseñando el misterio de un camino
El alma deslumbrada de Beatriz.
Le indica lo valioso de lo eterno,
Las almas puras en constante vuelo,
Los fuegos calcinantes del Infierno,
La azul tranquilidad que ofrece el cielo.
Correr, volar, viajar, seguir la senda
Y no venza en el ánimo la duda,
Lanzar el miedo y levantar la tienda
Ante la franca realidad desnuda.
Si el ánfora de acíbares se llena
Bebamos sus licuadas amarguras;
Los santos fueron libres de sus pena
Por la hiel de las Santas Escrituras.
Habla en nosotros un lucero vivo
Que nos lleva a viajar hacia el futuro,
Afirmemos el pie sobre el estribo
Bajo este cielo de soñar maduro.
A mis delirios mi anhelar confío
En un mapa de viajas alegórico,
Bien escucho el mensaje de Darío
Con mucho de vidente y pitagórico.
Y montes con un verde desaliño
Escruto atento en mi perenne vuelo,
Y miro, ahí muy cerca, junto al cielo,
Mis ángeles con túnicas de armiño.
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